#CreadBenditos o el fin del clic gratuito.

Tras la polémica suscitada por mi anterior articulo del blog de P.I. ¿La 2 de TVE en contra del copyright? en el que expresaba libremente mi opinión sobre el documental ¡Copiad malditos!, y tras los cientos de mensajes recibidos me he dado cuenta, cuán importante es que la gente conozca la importancia de la Propiedad Intelectual, la cual aprovecho para felicitar por conmemorar su día mundial este martes 26 de Abril. La P.I. es algo mucho más amplio que los ya manidos debates si la SGAE recauda mucho o si el copyleft es válido; si unos son los buenos u otros son los malos; si la televisión pública está pensando en ahorrarse los derechos de autor o si está simplemente informando. En todo caso, un jurista de propiedad intelectual moderno ha de estar abierto y ser flexible para entender y exponer que la P.I. actual está en una pantalla del videojuego más avanzada que la que conocemos en España y me estoy refiriendo a palabras mayores: la hegemonía de las innovaciones tecnológicas y el imperio global del clic.

 

La SGAE, para los que no la conocéis, es la entidad de gestión de derechos de autor más antigua de España encargada de recaudar todos los derechos de gestión colectiva y rendimientos económicos provenientes de obras musicales, dramáticas, coreográficas y audiovisuales que se encuentran en el mercado cultural y del entretenimiento nacional e internacional. Sus orígenes se remontan a finales del siglo XIX cuando el negocio del espectáculo estaba formado por los teatros, los autores y los intermediarios. Para evitar los abusos ejercidos por los intermediarios los escritores Carlos Arniches, los hermanos Álvarez Quintero, el libretista Federico Romero Saráchaga y el compositor Ruperto Chapí, entre otros, crearon en 1899 la Sociedad de Autores. A mediados del siglo XX se funda la SGAE como tal y a finales se incorporan los editores a la misma. Hoy en día es una entidad que genera una fuente de ingresos muy importante para todos aquellos que optan por vivir, de una forma digna, de su trabajo como autores, ¿cómo? haciendo negocios con sus obras.

 

A pesar de tener una mala imagen pública, como le ocurrió en el siglo XX al Ministerio de Hacienda, la mayoría de los usuarios abona por usar el repertorio de los autores que gestiona dicha sociedad. A pesar de no haber hecho ninguna campaña al estilo de «Hacienda somos todos» esta asociación de autores sigue con éxito su labor recaudatoria para que las obras artísticas mantengan su valor patrimonial y por ende su valor moral irrenunciable del autor. La asociación a esta entidad, como autor, es completamente libre y gratuita. Tiene como único requisito poseer en el mercado una obra que se esté explotando públicamente en alguno de los medios de comunicación y venta conocidos. El ejemplo más claro: una canción de un autor es grabada por un artista, entonces la compañía de discos que publica esa grabación paga los derechos de autor a la entidad de gestión por incorporar esa canción en el álbum. Una vez la grabación pasa a manos del público y genera ingresos la entidad los recauda y lo reparte al socio autor. Evidentemente, los autores que tienen grandes éxitos musicales generan mucho dinero para sí mismos durante su vida y a su muerte para sus herederos, hasta que la obra pasa a dominio publico, en España 70 años después de la muerte del autor.

 

En contraposición a una explotación económica monopolística de las obras (propia de las sociedades desarrolladas en el copyright) ha surgido con la aparición de Internet el mecanismo del copyleft y las licencias Creative Commons. Esta nueva práctica, no regulada por ninguna ley, permite a los creadores ofrecer sus propias obras al público libremente, sin ninguna contraprestación económica por las mismas. Más bien busca ofrecer un sistema de servicios, de soporte o un asesoramiento en torno al mismo. Aunque de momento esta práctica no tiene un modelo asentado de explotación comercial, pretende ser la alternativa a los sistemas legales conocidos. La aparición de esta ideología no se entendería sin la reciente evolución tecnológica. En los orígenes del copyright muy pocos eran los artistas que podían permitirse dedicarse al mundo de la creación, bien por prohibiciones políticas o bien por falta de recursos. De ahí que la escritura y la música hayan sido algunas de las artes y fuentes de conocimiento más universales, porque solo hace falta un lápiz, un papel y la voz, o en su defecto la memoria humana, para plasmarlo.

 

Paradójicamente esa pureza en la creación de antaño se ha visto hoy superada por la híper-comunicación. De modo que, todo el mundo (sea artista o no) tiene acceso a herramientas y recursos para crear algo que, al tener la oportunidad de ponerlo a disposición del público a través de la red, pareciera tener la consideración de obra artística, aunque no lo sea. De ahí que, a nivel internacional, se haya fijado un criterio para considerar si una obra es meritoria de consideración artística o científica; el requisito de la originalidad. Pero el copyleft admite en su amplio abanico tanto obras originales como las que no lo son. Al fin y al cabo no se guía por las leyes del copyright y quizá represente una buena práctica y solución para aglutinar a todos aquellos que crean obras (originales o no) que tengan diferentes pretensiones laborales y económicas con las mismas,  bien porque quieran compartirlas como artículos de divulgación educativa, como es el caso de centros universitarios como la UOC o bien por tratarse simplemente de hobbies. Sin duda, el modelo más conocido y respetado de esta nueva corriente es el del «software libre», programas o sistemas informáticos que se ponen a disposición del público de forma gratuita.

 

Definitivamente es potestad del autor decidir entre la gestión colectiva o la auto gestión. Si con su obra pretende generar grandes ingresos económicos u opta por la mera divulgación. En todo caso, nunca el usuario, un tercero o entidad alguna podrá hacerse con la potestad de una decisión moral que es irrenunciable del autor. A nadie se le ocurriría decidir si el hijo del vecino ha de ser más rico o más pobre. Como civilización avanzada en el respeto al prójimo hemos de ser responsables de nuestros actos y libre albedrío. Desde la existencia de la carta de los derechos humanos, todos los hombres y mujeres somos libres y estamos en la misma tesitura en lo que a derechos y obligaciones se refiere. En el caso de la propiedad intelectual, especial mención le dedica el artículo 27 al declarar que, las personas podrán elegir libremente disfrutar de la vida cultural de la comunidad, aunque, eso sí, respetando la protección de los intereses morales y patrimoniales que los autores hayan hecho de sus obras.

 

De modo que la era digital, la revolución tecnológica o la sociedad de la información, como la queramos llamar, ha generado nuevas situaciones que hay que afrontar y de nada sirve el silencio para hacer valer los sistemas tradicionales. Todo el mundo tiene derecho a revisar los modelos de explotación de derechos de autor legales para poderlos comprender. Ya que, hasta desde el mismo error, puede surgir una nueva visión o pauta de lo que puede ser el futuro de nuestras sociedades culturales y de entretenimiento. También han de conocerse las nuevas prácticas para todos aquellos que opten por liberarse de la parte crematística de la creatividad, bien porque su actividad creadora forme parte de un proceso de investigación y desarrollo sin pretensiones empresariales o bien «por amor al arte«. En definitiva «información para elegir» como concluía en mi anterior y citado articulo.

 

No debemos olvidar que más allá de identificar Internet con la gratuidad, un modelo criado en el imperio de Silicon Valley, pretenderá siempre crecer y generar ingresos a nivel global. Es más, me atrevo a decir que los mismos dominadores tecnológicos nos han enseñado a usar de manera gratuita la tecnología para engancharnos y posteriormente «sacarnos los cuartos«, como diría mi madre. Sin ir mas lejos, Youtube ha creado un tutorial para dar unas nociones generales en el respeto a los derechos de autor para todos los usuarios que suben vídeos a su plataforma.

 

Conclusión, «Internet es como los videojuegos. Primero te dan la demo gratis para que te piques y luego te cobran por todo el juego».

 

Como usuarios, en nuestra soledad cibernética, aunque creamos que los ordenadores y las maquinas nos permiten dominar el mundo, conseguir gratis los libros, la música, las películas, etc. Al margen de su funcionalidad en el trabajo y darnos velocidad, no son más que unos electrodomésticos que nos entretienen con gran facilidad, son la zanahoria del burro si no se saben utilizar. Nuestra historia reciente nos relata cómo la sociedad moderna de finales del siglo XX, denominada políticamente como la sociedad del bienestar, trajo comodidad a cambio de un crecimiento económico del sector bienes y servicios. La sociedad actual de los bienes inmateriales no está retrocediendo, no nos estamos recargando gratis el teléfono o nos descargarnos la energía eléctrica gratuitamente para todo un año. Al contrario, la nueva sociedad está sumando bienes y servicios a una vida virtual paralela, creando nuevas necesidades al ser humano, trayéndonos todo un  nuevo y atractivo mundo intangible al alcance de nuestra mano. Con un solo clic, accedemos a nuestras cuentas bancarias, nos comunicamos con nuestras familias, conocemos nuevos amigos, elegimos las mejores ofertas en viajes, navegamos y elegimos. Ese es el futuro inmediato de las descargas en internet, cada clic costará dinero o bien nos ofrecerán suscripciones para poder hacer tantos clics como queramos, previo pago.

 

Un nuevo modelo de negocio ha nacido para satisfacer al ser humano actual: hacer el «clic» más atractivo.

 

 

Antonio López Herreros

(Autor de P.I.: La contraseña)