Internet es un pequeño ser humano.

Decía un antiguo proverbio griego O anthrôpos esti mikrokosmos; «El hombre es un pequeño universo». Esta máxima ha sido base del humanismo, incluso Leonardo da Vinci en sus aforismos, hace un desarrollo analógico entre la tierra y el ser humano. Si los grandes sabios del renacimiento retomaron las teorías clásicas para innovar, es hora de continuar haciéndolo. Más ahora que el despiste mundial es algo que está a la orden del día.

Según mis teorías acerca del Humanismo Virtual, que ya muchos conocéis (véase N.2..1, el Rey de Internet) vamos hacia un camino en el que las maquinas nos van a facilitar la vida pues las programaremos para generar la riqueza que nos permita mantener una vida humana tradicional, a la vez que nos induzca a desarrollar nuestras capacidades menos conocidas como la intuición, la telepatía y el auto conocimiento para atraer nuestros propósitos.

Los ordenadores, basándose en las teoría binarias del yin y del yang han ayudado mucho al ser humano a procesar informacion más rápidamente, pues son maquinas que nos ayudan a hacer una gimnasia mental de forma constante. Y que, al igual que cuando musculamos nuestro cuerpo en un gimnasio, con el tiempo empiezan a verse los resultados. Hoy en día, el aprendizaje de los ordenadores nos ha llevado a entrar en ese nuevo territorio llamado Internet, una red que originariamente no tiene fronteras, al igual que la informacion. Pero desde el punto de vista jurídico, el Derecho se puede aplicar sobre cualquier territorio donde el Estado tenga soberanía y jurisdicción, surgiendo así la actual controversia de las «fronteras electrónicas».

A propósito de esta división de espacios, imagino que ya todos sabréis la diferencia entre espacio publico y privado, pero lo que no está claro es dicha distinción en la red desde el punto de vista jurídico. Ya que existen posiciones extremas que niegan cualquier efecto de un régimen legal en Internet y otras que apuestan por el aspecto público de cualquier contenido emitido en la red. Ante estos pronunciamientos hay que recordar que el hecho de que una creación sea publica no es óbice ni cortapisa para que puedan vulnerarse los derechos de propiedad intelectual que asisten a la obra y al autor que la creó. Lo mimo ocurre en un parque público, allí está todo para que lo disfrutemos, pero a nadie se le ocurre llevarse un seto a su casa todos los días para ir acumulando y decorar su jardín.

Es simplemente una cuestión de lógica y de pensar en la prosperidad del ser humano en vez de la escasez a la que nos ha llevado últimamente la política. De ahí que haga falta un poco mas de filosofía y humanismo ciudadano para saber llevar la situación actual; donde quien mas o quien menos está sumido en la tecnología y las redes como medio de expresión de su opinión, que como sabemos es el paso intermedio entre la ignorancia y el conocimiento; al igual que el boceto es el paso intermedio entre la idea y la creación artística. Por eso mientras unos se quejan otros se pasan horas intentando crear usando lo mejor de su intelecto. Pero finalmente todos los comportamientos devienen necesarios, ya que si todos fuéramos hacia la misma dirección, la tierra se volcaría.

Esta industrialización tecnológica de la creación ha destruido los requisitos románticos de la originalidad y de la autoría. Al igual que cuando un tritón muda su piel, ahora las obras se han desprendido de su aspecto físico, liberando así toda su esencia espiritual. Esto unido al difícil control de las copias materiales ha creado un cisma autor/publico que, más allá de lo conocido anteriormente como fans y estrellas, ahora más bien parece que tengan intereses contrapuestos entre ambos, provocando como resultado un intercambio de roles. Claro que el talento y la constancia no se pueden descargar de internet, pero si admirarlos de otros para aprender algo nuevo.

Finalmente, y ya que hemos entrado en terrenos espirituales, que no morales, recordemos que en el derecho francés, denominan las obras como las creaciones del espíritu. Aunque el aspecto moral del autor también viene protegido en las legislaciones europeas: los conocidos derechos de paternidad e integridad de la obra, donde se reconoce al autor que se le reconozca (valga la redundancia) como creador de la misma y respecto a su obra, que se mantenga su integridad sin alterar, de manera que el autor pudiera ver perjudicada o mutilada su creación. Estos derechos morales, ni que decir tiene que en la red no se respetan. En gran medida, por el absoluto desconocimiento que existe sobre este tema entre los usuarios. Pero ya sabemos que el no conocer las leyes no te exime de los delitos cometidos. Así que retomando el hilo, sintonicemos con la época en la que vivimos y con nuestros orígenes.

La naturaleza, madre del hombre, discípula del universo (afinada según se ha documentado recientemente a 432 Hz) marca unas pautas que son inamovibles y sorprendentes para el ser humano. Lo creado por el hombre sin embargo no es tan perfecto. Por eso si Internet es un pequeño ser humano, el trafico es la sangre que corre por las redes digitales, desde el corazon de nuestro disco duro hasta la señal inalámbrica de nuestra mente. El espacio virtual, sin embargo, es el espíritu, el alma de nuestra soledad que nos conecta con el espacio.

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Image: suphakit73 / FreeDigitalPhotos.net

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